El cielo se abrió, no en un estallido de luz, sino en un susurro de viento. Un lago de cristal, tranquilo y profundo, se extendía ante mí. No era un lago cualquiera, era el reflejo de mi propia alma, una prisión de cristal que me había mantenido cautivo durante quince largos años.
Era un dios, o al menos lo había sido. Un dios olvidado, un dios sin nombre, un dios sin propósito. Había perdido todo recuerdo de mi pasado, de mi poder, de mi existencia. Solo quedaba un vacío, un eco de lo que había sido
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